No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos. Friedrich Schiller    

Sunday 05th of September 2010

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La razón más íntima para adoptar E-mail
Revista Niños de Hoy - En camino
Escrito por Jordi FABREGAT y Elisabet FONT (Servei d’Adopcions d’INTRESS adopción@intress.org)   

MOTIVACIÓN

La razón más íntima para adoptar

 NÚMERO 34 (páginas 6 a 10)


Para los autores de este artículo, la motivación es un puente tendido entre adoptantes y adoptado, el fundamento por el que se da un paso tan importante en la vida y la razón íntima que garantiza el éxito de la adopción.


En nuestro trabajo en una ICIF (Institución Colaboradora para la Integración Familiar) nos ocupamos de reflexionar y de valorar, conjuntamente con las familias que se ofrecen para una adopción internacional, desde dónde se construye su proyecto de adopción.

La motivación constituye un serio fundamento a la hora de establecer pronóstico de recursos y dificultades y buscar la existencia de unas condiciones favorables al ejercicio de la paternidad adoptiva, en tanto en cuanto es la base sobre la cual se construyen los vínculos con ese hijo. Y los vínculos comienzan ya cuando se están creando unas expectativas determinadas, conscientes o no, hacia el hijo. En ese sentido simbolizaría el puente tendido entre adoptantes y adoptado. Hay que tener en cuenta que el niño adoptado ya trae consigo suficientes experiencias de carencia como para que se intente garantizar la búsqueda de una familia con suficiente flexibiidad y recursos para acompañarlo y ayudarle a crecer elaborando las pérdidas anteriores. Habrá que asentar, por tanto, la firmeza de dicho puente desde los adultos. En este sentido nuestro trabajo consistiría en valorar si las motivaciones podrán favorecer o interferir en la parentalidad adoptiva, de cara a evitar riesgos innecesarios y situaciones dramáticas de nuevas rupturas o abandonos que podrían resultar del fracaso de una adopción.

Vivencias. Un malentendido común al hablar con las familias respecto a la motivación sería utilizarla como sinónimo de motivo, al remitirnos ambos conceptos a la idea de movimiento y de origen. Los motivos, serían los porqués explícitos relacionados con la voluntad expresa de las personas. Así, por ejemplo, el motivo o causa de una adopción podría ser respondido con frases del tipo "porque queremos ser padres", "porque quiero tener hijos y no puedo", "porque hay niños que no tienen familia", "porque siempre quise adoptar", etc.

En cambio, las motivaciones se construyen básicamente en los niveles afectivos y emocionales, están relacionadas con las experiencias vividas y son primordiales en tanto afectan directamente a las expectativas que tenemos. Las motivaciones son implícitas, no tienen porque ser conscientes, están diferenciadas de la voluntad y nos impulsan a esa acción concretada en ese objeto de deseo (niño) y ese objetivo (adoptarlo).


La motivación no tiene porque ser consciente, se diferencia de la voluntad y nos impulsan a esa acción.


Las motivaciones están en un plano no cognitivo, más o menos inconscientes, a veces ni siquiera verbal. Es por ello que se suelen expresar en lo verbal de modo indirecto. Los técnicos recogemos las motivaciones a través de las vivencias narradas por los solicitantes, los aspectos que de ellas destacan, las creencias, las conexiones que señalan ante experiencias de adopción, el particular proceso de búsqueda de hijos y de crianza (en caso que ya los haya), etcétera.

De la motivación subrayamos su interés en el presente como puente que conecta el futuro con el pasado. En el caso de la paternidad, la experiencia se remite a lo vivido como hijo con los propios progenitores. Si bien la paternidad surge del deseo de tener descendencia y de proyectarse en el tiempo, vemos que también se dirige o se concreta en imágenes y construcciones mentales. Es fácil decir que si no puedo tener hijos, pongamos por caso, querré a un niño lo más parecido al que podría haber tenido, pero no siempre es así; pues la riqueza de las motivaciones viene dada precisamente por su cualidad sistémica.

Lo que caracteriza a la paternidad adoptiva, es saber qué nos lleva a elegir convertirnos en padres de un niño que viene de otra familia y que no ha nacido de nosotros.

Por el hecho de llevar inscritos aspectos de la pertenencia de cada persona: respecto a su familia de origen y, en el caso de una pareja, respecto a la familia que ha creado con ella. Se suman así los pensamientos, vivencias y motivaciones de los integrantes de la pareja, de la pareja misma y de lo que traen de sus respectivos sistemas de pertenencia.

Y dirán, ¿es tan importante esa explicitación y ese paso a la conciencia?, ¿para qué complicarse tanto si ya existe el deseo y la ilusión de adoptar? Si hablamos de paternidad, parece que lo más significativo es saber si se quiere o no se quiere tener un hijo y si ese deseo es verdaderamente compartido.

Interrogante. Pero ocurre que lo que caracteriza a la paternidad adoptiva, además, es saber qué nos lleva a elegir convertirnos en padres de un niño que viene de otra familia y que no ha nacido de nosotros; en otras palabras, cómo se gestó este idea de ahijar a un niño que, en principio, nos era ajeno y cómo se ha llegado hasta ella. Este es el interrogante que todo hijo adoptado se formulará respecto al sentido de ese puente, y lo hará de forma más directa o indirecta. Es un interrogante que el hijo no adoptado no tiene por qué formular nunca. Los profesionales necesitamos conocer los recursos y dificultades de la familia a la hora de acompañarlo en la búsqueda de ese sentido. Al niño le atañerá saber y entender cómo es que pertenece a esta familia y no a la familia en la que nació. Desde nuestra experiencia, el niño estará especialmente interesado en convencerse de que la motivación para adoptarlo no pueda sostenerse en un capricho o una moda, en un engaño o en una efusión de solidaridad por parte de sus padres, lo cual le convertiría en un niño salvado en lugar de un hijo deseado.

La motivación básica para cimentar el vínculo y la identidad del niño adoptado es la de desear ser padre/madre, al margen de todas las que puedan coexistir en el entramado motivacional de cada familia. Resultará de utilidad valorar con cada una de ellas en qué medida puede incidir en el proceso de filiación ese conjunto particular. La infertilidad, siempre y cuando haya sido aceptada y elaborada por la familia y el duelo no se sitúe como un obstáculo entre los padres y el niño, puede ser un elemento favorecedor del vínculo.


El niño estará especialmente interesado en convencerse de que la motivación para adoptarlo no pueda sostenerse en un capricho o una moda, en un engaño o en una efusión de solidaridad por parte de sus padres, lo cual le convertiría en un niño salvado en lugar de un hijo deseado.


En otros casos, las adopciones en las que las motivaciones están demasiado centradas en los deseos y necesidades de los padres, o en las que las motivaciones solidarias de tipo secundario pasan a tomar un papel relevante, pueden ser de riesgo. El niño parecería que tuviera que agradecer a los padres –más allá de las atenciones y cuidados recibidos– la filantropía de haberles salvado de la miseria, lo cual dificultaría que creciera en una identidad confortable (desde la visión del pobrecito niño) y el establecimiento del vínculo paterno filial.

Las adopciones en las que las motivaciones están demasiado centradas en las necesidades de los padres, pueden ser de riesgo.

En general, el riesgo en ambos casos, infertilidad no asumida o solidaridad, es la construcción de expectativas poco realistas que sitúan a los padres en desventaja a la hora de manejar las dificultades presentadas por los menores.

Dificultades. Como las motivaciones están ahí, mucho antes de que se materialice la voluntad de adoptar, y constituyen un sistema particular e irrepetible –como únicas son también las familias que las sostienen–, habrá que pensar en lo que cada familia en particular, junto con el resto de sus recursos, bagaje y experiencias, podrá hacer con ellas. Cómo las manejan, cómo influirán en sus reacciones ante las conductas del niño, si realmente invadirán la relación posterior entre padres e hijos.

Hemos visto en seguimientos posteriores de adopciones ya constituidas, situaciones de malestar o de dificultad que no tienen su origen en el estado del niño antes de la adopción ni en la mayor o menor capacidad de los padres para cuidar y educar, sino que engarzan con las vivencias y experiencias de los padres adoptivos y en cómo su deseo estaba impregnado de motivaciones aparentemente invisibles, desconocidas, y de poderosas implicaciones.

Todos podemos pensar que un hijo que viene a salvar o paliar una crisis entre la pareja tiene un pronóstico de futuro más bien negativo. Pensemos en cuál es la motivación de esa pareja que, lo más seguro, no piensa de modo consciente que va a tener un hijo para solventar la crisis, sino que están convencidos de que desean tenerlo. Algo parecido podemos aplicar a otras situaciones familiares. Con todo, tampoco nos parece que las motivaciones deban ser objeto de valoración en sí mismas, sino en el contexto global de la situación y el momento de los solicitantes. En cualquier caso, conforman ese puente necesario para la viabilidad del proyecto adoptivo, en la medida que deberán sustentar la creación de ese vínculo paterno filial, de naturaleza inequívoca y distinto a todos los demás vínculos.

LO QUE LLEVAMOS DENTRO

Sin ánimo de simplificar las hipótesis de trabajo que nos planteamos y valoramos en conexión con estas motivaciones en nuestro contexto de intervención, citamos brevemente algunas de ellas a modo de ejemplo y para considerar su relativa funcionalidad:

  • El deseo de paternidad/maternidad, que es la motivación primaria y primordial para la creación de un vínculo parental, suele contener expectativas de evolución (en el ciclo vital y/o en el familiar) de dar continuidad a la familia, de diferenciarse a través de una nueva generación, de crecimiento y desarrollo del vínculo de la pareja a través de los hijos, etc. A veces, sin embargo, contiene la necesidad de llenar un vacío o de sustituir una pérdida que podría convertirse en una interferencia para poder mirar y tomar al menor tal y como viene y en función de las necesidades reales que tiene, distintas de las que su papá y/o mamá imaginó, pensó o esperó.

  • El deseo de manifestar una posición ideológica como la solidaridad, o de adscribirse a un estatus social alineado con la diversidad étnica o cultural podría contener recursos en la línea del deseo de inclusión, de compartir, del compromiso, del deseo de mayor justicia social, etc. En otros casos podría resultar un riesgo por el exceso de expectativas de gratitud, de búsqueda de reconocimiento externo o de necesidad apremiante de hacer presente la diferencia, obviando con ello la necesidad del niño de pertenecer y parecerse a los suyos.

  • Ampliar la etapa de crianza puede ser otra motivación legitima y propia de muchas familias con deseos de crecer y enriquecerse; a la vez que convertirse en un modo de posponer y evitar la etapa de nido vacío, o en una manera de obtener el reconocimiento a partir del cuidado de niños cuya necesidad de exclusividad, disponibilidad, crecimiento o diferenciación podría quedar negada.

  • La resolución de dificultades que aparecen en la evolución de la pareja o en la familia a través de una adopción conllevaría el riesgo de situar en un hijo cargas que no le corresponden (que sus papás dejen de pelear, o que su hermanito aprenda a compartir).

  • La conexión de la adopción con otras experiencias vividas en la historia personal y familiar, podría bien ser una expresión de lealtad en tanto en cuanto pertenecemos y damos continuidad en la familia, o ser la expresión de un intento de resolver un duelo, reparar un conflicto en un nivel en que ni corresponde ni puede darse una resolución.

 

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